Anna levita atrapada en el arnés de seguridad. Aún sumergida en el sopor de los somníferos, logra establecer algunos aspectos de su nueva situación a partir de las sensaciones que regresan lentamente del sueño ingrávido, manteniendo los ojos cerrados y con la horrible mordida del hambre paseándose en sus entrañas. Siente su cuerpo en constante movimiento, como una gelatina ondulante. Abre los ojos por un instante y por primera vez en sus diecisiete años de vida es consciente del exceso de masa corporal repartido por su anatomía, como una gran burbuja en la ingravidez de esa habitación tubular acolchada.
Quiere llorar, quiere gritar, quiere que los servicios de comida congelada a domicilio se repudran en el infierno. Gracias a Dios no siente los efectos de su reciente operación de cadera, pero así como los somníferos pronto se desvanecerán, los analgésicos también acabarán diluyéndose en su torrente sanguíneo y puede anticipar el dolor que le espera, similar al que sintió en el accidente que la trajo hasta aquí.
Abajo en la superficie, hace menos de una semana, un simple tropiezo lanzó su cuerpo en movimiento contra un mueble de metal, se estrelló de frente contra él y perdió el equilibrio. Cayó de costado sobre una silla de madera que se partió en una decena de trozos, uno de ellos perforó su muslo. El recuerdo de ella en el suelo con su pierna entumecida y la cadera con un dolor simple pero constante, como un soplete sobre el hueso, está fresco en su memoria y le causan escalofríos de pánico. Sus gritos no fueron escuchados. Sólo cuatro horas más tarde, cuatro horas de agonía pura y clavos al rojo vivo en su carne, la empleada de la casa llegó hasta la puerta del taller para llamarla a cenar.
Ahora abre bien los ojos, no sirve fingir que sigue dormida si nadie le está poniendo atención. Está suspendida en el medio de una habitación tubular estrecha, de quizás dos metros de diámetro. Se mira los brazos y el abdomen y cada movimiento de su cabeza la hace bambolearse en el arnés. Está vestida con un traje blanco de algodón sin adornos ni elegancia, sandalias verdes elasticadas en los tobillos y un gorro de baño que mantiene su cabello rubio contenido. El arnés de seguridad rodea su cuerpo como una red de pesca y se extiende con cintas elasticadas desde cinco puntos a su alrededor hasta anclajes cercanos en el muro curvo de la habitación. A pocos metros delante de ella otra persona vestida de blanco, un hombre encogido, le da la espalda boca abajo… o quizá es ella la que está con los pies para arriba. El cuerpo delgado y encorvado de ese hombre pequeño, espástico, se mantiene también envuelto en una red que le hace parecer una mantis atrapada en una tela de araña.
Anna aspira con fuerza el aire temperado. Racionalmente lucha contra la desorientación que produce la caída libre, imaginando que a su espalda está el “abajo” y que se encuentra suspendida en una hamaca. Pero el mareo espacial le recuerda que ya no está en tierra firme. Esta habitación debe formar parte del eje, en el punto de entrada para los pacientes de la clínica en órbita a medio camino entre la Tierra y la Luna. Muchas veces deseó visitarla, pero nunca como paciente.
El quejido subsónico de la estación, como el roce de frazadas contra una almohada, se conecta con el recuerdo de la puerta corredera en la casa de muñecas que construyó su padre cuando era una niña regordeta y saltarina. La estructura de madera reciclada con ventanas de acrílico quedó firmemente instalada en un rincón del patio bajo un nogal añoso, con flores silvestres que crecían junto a su puerta y una pequeña terraza a un costado. En la estrecha sala pintada de amarillo tenía una mesita rosada y dos sillas. Allí papá la visitaba cuando quería descansar la mente de su trabajo creativo, tomaban té imaginario y comían galletas de mantequilla.
Un fuerte clank hace eco en la habitación y la trae de regreso al presente. Anna calcula el tiempo transcurrido desde su llegada, entonces el vehículo que la transportara hace unas horas debe estar desprendiéndose de las abrazaderas que lo mantenían adherido al trasero de la estación. Anna visualiza el proceso como en una recreación digital, imaginando los chorros de vapor de agua de los propulsores de cercanía transformándose en nubes blancas de nieve espacial. El transporte pronto regresará a la subestación del elevador internacional anclado en la costa de Ecuador. El viaje desde tierra hasta aquí dura no menos de setentidos horas, tiempo que transcurrió con ella probablemente atada a una camilla y alimentada por tubos, sedada e ignorante. Gracias a Dios estaba drogada, piensa y suspira.
Oye otro clank cercano, seguido por un quejido metálico a su espalda donde no puede ver. Una compuerta se abre y por ella entra una mujer tarareando una canción de moda con voz agradable aunque algo desafinada. Anna siente un nudo en la garganta, su madre le tarareaba canciones antes de dormir, besaba su frente y bajaba al taller de su padre a exigir que se fuera a acostar para que al día siguiente, con el cuerpo y la mente descansados, pudiera encontrar la solución al problema que le tenía de tan mal genio. Su madre siempre hacía eso y su padre la seguía a rezongones, enamorado, feliz.
—Buenos días señora Alberta… hmm… Rodemberg —dice la recién llegada a otra persona detrás de Anna, probablemente otro insecto atrapado en la red. Por respuesta se oye un gruñido amortiguado por una mordaza—. Lamento lo de la bolsa pegada a su boca, pero es la única manera de evitar que sus vómitos vuelen libres y ensucien algún instrumento importante o a otra persona. Cuando algo así ocurre, todos vomitan, es como una epidemia… procuraré que reciba drogas contra el mareo pronto, no se preocupe.
El gruñido de la señora Alberta delata los fármacos que usaron en ella, de mayor calibre y con efectos secundarios que sólo se manifiestan en ambientes de escasa gravedad. Una enferma terminal, Anna lo intuye, lo leyó en alguna parte. Pobre mujer.
Oye el roce de ropas en movimiento y un perfume suave llega hasta ella, jabón antibacteriano y algo de crema exfoliante mentolada, seguido de cerca por una mujer delgada vestida con un traje holgado de color verde hospitalario, su rostro de piel canela delicado y perfecto, destacando la sonrisa amable de labios delgados y dientes largos bajo unos ojos entrecerrados en un gesto coqueto, somnoliento, como Marilyn Monroe a punto de ser besada. Una belleza de esas que sólo se ven en películas de espías y telenovelas de diálogos inverosímiles.
—Buenos días señorita Anna… hmm… Rubilar —la enfermera sonríe y Anna siente el impulso recurrente y a duras penas controlado de borrar esa expresión de princesa—. Ya disminuyó la hinchazón de su pierna, veo. ¿La puede mover un poco?
Anna mira su pierna derecha. ¿Disminuyó la hinchazón? ¿Me está diciendo que no estoy tan gorda? Anna se muerde el labio para no replicar e intenta hacer lo que se le pide, deseando que la pierna salte descontrolada y acabe en el trasero huesudo de la enfermera. Pero no ocurre nada, tanto la pierna como la cadera en general están muy entumecidas y no puede mover ni un músculo.
—No siento ni un carajo —espeta Anna con un ligero tono de indignación—. ¿Hasta qué hora voy a estar aquí?…
Quiso decir que tiene hambre, que se muere por una hamburguesa, que por favor le den una botella de dos litros de su mejor gaseosa carbonatada y una bombilla. Pero sintió vergüenza. Soy una gorda, no llegué a pesar ciento treinta kilos comiendo quesillo en pan de pita y ensalada de lechuga sin sal. Tampoco es para enorgullecerse, pero en una situación como ésta un berrinche no servirá de nada.
—Dentro de algunos minutos vamos a ingresar a la zona común y será transportada a su habitación —contesta la enfermera. Y como si le leyera el pensamiento, agrega—, ahí será servida la cena. Nos regimos por el horario GMT -4 y pronto serán las veinte horas. Por favor tenga paciencia.
Esto último lo dice con un guiño de complicidad. La mujer se aleja antes que Anna pueda preguntar qué hay en el menú.
El hombre que parece electrocutado ante ella se llama Stephen Sullivan, es estadounidense y la enfermera le habla en inglés. Un procesador de voz electrónico responde sin entusiasmo con tono robótico. Anna logra entender algunas palabras, maldiciendo su desinterés por el cochino idioma comodín. Ésta es la tercera vez que Sullivan sube a la estación para recibir su terapia génica.
—¡Sean muy bienvenidos! —chilla la enfermera aplaudiendo y girando con su ombligo en el eje de la habitación, alejándose como una hélice hacia la compuerta en el extremo superior/delantero del eje—. Mi nombre es Amelia Echeurren y soy jefa de enfermería de la estación Descanso Lunar, que es donde se encuentran.
»Sabemos que su viaje no ha sido placentero, yo personalmente odio la espera en el ascensor, no tiene ni siquiera un televisor, dicen que es por razones de seguridad y sobrepeso pero yo creo que es porque son unos tacaños. Dentro de algunos minutos los enfermeros les llevarán a sus habitaciones, sólo déjense llevar, ellos están calificados para todo evento en ambientes de nula o escasa gravedad. Si tienen dudas o problemas, si necesitan ayuda, sólo tienen que pedirlo en voz alta. Les estaremos monitoreando las veinticuatro horas mediante un diminuto implante subcutáneo bajo la barbilla, que registra entre otras cosas la temperatura corporal, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco. Si llegan a tener un accidente o un problema de salud, estaremos junto a ustedes en menos de diez segundos.
La enfermera continúa su avance giratorio, llega hasta la compuerta y antes de chocar con ella, convierte su cuerpo en un ovillo. El mecanismo de metal se expande como un iris y Amelia, siempre sonriendo y girando como una bailarina, delgada y grácil, desaparece en la siguiente habitación sin luz. Anna no alcanza a bufar su indignación ante ese acto circense barato cuando tres hombres emergen desde la misma abertura, serios, precisos, vestidos de blanco impoluto, con los antebrazos descubiertos y descalzos. Anna los ve acercarse y siente que su rostro se enciende de vergüenza.
Los médicos que monitorean sus signos vitales deben estar riendo a carcajadas ante su reacción. Si el implante es tan preciso como prometió la enfermera, bastaría una IA de análisis básica para entender lo que le sucede.
—Hola Anna —dice uno de ellos mientras libera a Anna de su prisión flotante, un sujeto de hombros musculados y ojos amables, piel color canela y cabello muy corto con trazos de plata naciendo desde sus sienes—. Me llamo Elmer Figueroa y seré tu enfermero personal durante el tiempo que estés en la clínica. Si no estoy cerca, sólo tienes que decir mi nombre y acudiré para lo que me necesites.
Anna palidece ante su sonrisa. No pude hablar, susurra un inaudible gracias y suspira. Elmer la rodea y la libera de los anclajes. Sostiene su cuerpo voluminoso con la mano izquierda desde alguna hebilla del arnés en su espalda, mientras utiliza la derecha para avanzar siguiendo una escalinata de material flexible en el muro curvo, siempre con el cuerpo erguido como una veleta. Avanzan lentamente hacia la abertura a oscuras y Anna está en todo momento consciente del contacto con Elmer, la fuerza de sus brazos expuestos, el color de su piel, el olor del jabón antibacteriano y un leve matiz de perfume, quizá su desodorante.
Llegan al iris oscuro. En el vaivén del traslado Anna puede ver a la otra recién llegada, Alberta, una mujer larga y huesuda, calva y pálida como una porcelana de maicena. Lleva una bolsa opaca adosada a un bozal sostenido por medio de correas a su cabeza. La bolsa se mueve constantemente, parecida a la probóscide de un elefante marino en plena lucha territorial, y parte de su contenido se escapa ensuciando el rostro asqueado de la mujer, probablemente regresando a su boca. Anna piensa en el problema de diseño, imagina una solución, quiere poner sus manos sobre uno de esos bozales para analizar el mecanismo y entender la causa del reflujo.
Cruzan la compuerta y la luz se enciende, el lugar es enorme y Anna por un segundo piensa que podría caer, sintiendo que el pánico se apodera de sus instintos. Tomando la forma de un embudo desde el iris, el tubo acolchado se amplía hasta abarcar un diámetro de aproximadamente veinte metros. En el otro extremo se distinguen cinco anillos de dos metros de ancho cada uno, con números y compuertas redondas con mirillas iluminadas. La imaginación de Anna se vuelca sobre los planos de la estación, los vio alguna vez en el taller de su padre pero no les puso suficiente atención. Sabe que detrás de estos muros hay una red de refuerzos piramidales en vacío absoluto, y más allá el verdadero vacío del espacio…
—Ésas son las habitaciones —dice Elmer y Anna regresa al presente, descubriendo que avanzan en línea recta hacia el centro del muro anillado, flotando sin ningún apoyo ni guía—. Cada anillo corresponde a un nivel de gravedad centrífuga y gira a una velocidad distinta para crear la sensación de peso. Por el estado de tu cadera, comenzarás en el nivel dos, cerca del eje. Luego a medida que mejores y necesites un mayor grado de esfuerzo, nos moveremos al nivel siguiente. Cuando lleguemos al quinto, estarás a pocas semanas de regresar a tu hogar.
Por supuesto ella ya sabía esto pero oírlo como si se tratara de un paseo turístico otorga una nueva dimensión de perplejidad a su actual estado ansioso. Elmer continúa el trayecto, flotando por el eje detrás del otro enfermero, un tipo asiático que parece estar siempre con los ojos cerrados, cuerpo delgado y músculos fibrosos. Anna mira a su alrededor, sorprendida, estos tipos son unos acróbatas… y entonces lo ve, una delgada cinta transparente amarrada al cinturón de Elmer, procedente del asiático y que continúa hasta el otro enfermero, un sujeto con cuerpo de vikingo, de piel blanca y cabello cobrizo.
Llegan hasta el eje en el muro de las habitaciones, doblemente acolchado y con una superficie que le recuerda la cabellera de un rastafari. El asiático choca suavemente y se aferra antes de rebotar, gira sobre sí mismo atrayendo a su paciente con tiempo suficiente para que Elmer cambie de posición y extienda las piernas hacia el frente. Cuando chocan contra el acolchado, él utiliza ambas manos para frenar a su pasajera maciza mientras sus piernas hacen de resorte. Y su rostro se enciende como si estuviera en llamas.
Rebotan levemente hacia un costado, Elmer libera a Anna de su abrazo cálido mientras se aferra a un borde del acolchado, un segundo antes de la llegada del vikingo. Los tres enfermeros quedan detenidos por unos segundos, desabrochando la cinta de seguridad y tomando cada uno un camino distinto. Anna es transportada suavemente hasta el segundo anillo, hacia una compuerta redonda de metal pintada de blanco y con una pequeña ventana en su centro que tiene el número ocho dibujado sobre ella. Junto a la compuerta hay un panel con un lector de huella digital, Elmer coloca su pulgar derecho y la compuerta se abre hacia dentro con un siseo.
Las luces se encienden y Anna observa su nueva cárcel acolchada de apenas veinte metros cúbicos, de suelo y techo curvo, con una hamaca de red junto a un muro y una pantalla táctil en el otro extremo, similar a la habitación de su hogar en la Tierra pero sin las montañas de papeles apilados en el suelo ni la ropa acumulada sobre una silla coja.
—Aquí es donde te dejo —dice Elmer cerrando la compuerta y Anna siente un ligero sobresalto—, pero si me necesitas, ya sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa. Junto a la hamaca hay un panel de acceso al retrete de baja gravedad, si lo presionas verás una serie de mangueras y adaptadores. ¿Necesitas que te enseñe a usarlo?
Ella niega con tanta fuerza que la sensación de tener a su cerebro flotando libre dentro de la cabeza se multiplica y permanece por algunos minutos.
Elmer sonríe, encantador y profesional. Cruza la habitación dando leves saltos y abre una segunda compuerta sin ventana usando la huella de su pulgar sobre otra cerradura electrónica. Sale flotando sin despedirse y cierra antes que Anna pueda ver qué hay del otro lado.
Sola, sintiendo la fatiga del viaje y el regreso de todos sus sentidos mientras cae suavemente hacia el piso curvo, se echa a llorar. Un llanto sin consuelo, extraño y doloroso en su garganta apretada. Fue una caída, nada más, un simple hueso roto y un músculo desgarrado por una estaca, miles de personas sufren accidentes similares y pasan una breve temporada en algún hospital o clínica, no los envían al espacio. Maldice a sus huesos, a su hambre insaciable y a su padre por elegir este lugar de entre todas las posibilidades en suelo firme. Anna odia el espacio, tanto como a su padre.
Seca sus lágrimas. No quiere que nadie venga a su habitación a preguntar por qué llora. No quiere que nadie la moleste. Quiere mejorarse pronto y volver a su taller, desconectar su mente del mundo y de las personas que lo habitan.
—¿A qué hora es la cena? —dice y su voz sale como un chillido desesperado. Ojala que la comida sea buena. Por lo que va a costar todo esto, más les vale que sea un manjar de los dioses…
16/12/2009 a 17:54
Comentario para mí mismo: las secciones internas de la estación, especialmente la habitaciones, giran a distinta velocidad unas de otras de acuerdo a la fuerza centrífuga que generan.
30/12/2010 a 11:08
El argumento me es interesante. La historia, el fluir de ella, también. Le falta un final, yo adhiero a eso de que un cuento (si es un cuento) debe ganar por knoc out. Pero eso vendrá más adelante. Y si es algo más largo, intenta dejar todo en claro en tan poco (la relación con los padres, su complejo de gordura, etc).
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Ahora, unas cuantas sugerencias u opiniones:
-Algunas partes, donde explicas, los haces. Pero en los relatos de ciencia ficción creo que eso no funciona tan bien como otros recursos. Los personajes opinan, hacen una observación que abre una explicación. Deja un poco más de espacio a que el lector “sepa” que ocurre, no que tu lo acotes.
-Usas en exceso el “como”, o así lo siento. La comparación es más bella, o asi lo creo, cuando toma forma de metáfora. El “como” resulta innecesario muchas veces, y a mi me molesta en la lectura.
-Deja más a la imaginación. Cuando uno escribe tiende a decirle al lector lo que quiere que sienta, perciba. Pero siempre termina siendo él quien lo hace. Por tanto dile que pasa y no agreges adjetivos, a menos que creas que refuerzan la tentación. Ya sabemos que tener clavos enterrados cuasa agonia(por dar un ejemplo).
- Siento que hay parrafos innecesarios, y eso se acoje a que dejes un poco más a la intuición.
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Eso es lo que se me ocurre en primera instancia. Las críticas de forma son cosas que me han “sugerido” antes, y encontré la razón. De a poco uno va limpiando lo que se escribe. Eso, adios.
PD: Mi nick es @SamirJorge en twitter, vi que pedias un comentario ;)
30/12/2010 a 13:31
Excelente Samir, realmente excelente. Gracias por el comentario.
Sí es un texto más largo (son 7 escenas, ésta es la primera). Y es un borrador escrito a la rápida y sin edición alguna, parece que le corregí unos errores de tipeo, pero nada más. Le falta haaaarto trabajo, tengo que quitar algunas imágenes que sobran.
De hecho esos consejos que me das son también consejos que yo doy a menudo. Me alegra que alguien reconozca mis pifias, así puedo avanzar.
Muito obrigado!