Desperté una mañana sintiéndome Walter. Más Walter que de costumbre. Antes de ese día lo que tenía de Walter permanecía oculto, era un gato güiña en las sombras del caserío. Se sentía como un sueño, muchas ilusiones de borracho que sólo toma vino blanco, el germen de la locura misma.
Lo estoy contando como si lo contara Walter. Mejor retrocedamos en el tiempo, volvamos a quién era yo antes de ser contaminado con la enfermedad ésta, incluso antes de saber que algo así podía existir en nuestro mundo.
Era un tipo normal, yo por supuesto, soltero y trabajador, igual que ahora nomás. Juan Carlos Carreño, para servirle. Tenía a mis padres en el sur, todavía los tengo gracias a Dios, algo descuidados pero sin quejarse porque si algo les sobra, eso es orgullo. Por esa época ellos estaban completamente desconcertados con las luchas sin cuartel de mis hermanas mayores para ver quién se quedaba con la casa una vez que se murieran. Pobres viejos míos, no les importa tanto la propiedad como el bienestar de sus hijas sanguijuelas, así que no hicieron ningún alboroto.
Pero mis hermanas son muy diablas, me querían poner en el medio, que tomara partido por una de ellas, cuál de todas más manipuladora. Por eso preferí mudarme a la capital hace hartos años ya, lejos de sus maquinaciones venenosas. Acá vivo tranquilo.
Aparte de mis viejitos y las brujas, no tengo más familia en el mundo. Me hice algunos amigos capitalinos cuando estudiaba, unos pájaros inadaptados de esos que tienen risas que suenan como un auto viejo tratando de encender, y tantas trancas de la infancia que a veces dan miedo. Me recordaban a mis amigos del sur de cuando soñaban despiertos con ser millonarios y tener una casa grande y varias mujeres. A mí no me hacía ni cosquillas eso de figurar o ser famoso o millonario, pero viera usted cómo estos amigos se desvivían para salir del anonimato.
Es una cosa sexual creo, de procreación, el que se ve exitoso tiene más oportunidades de meter la puntita. Y para qué digo yo, si al final los hijos les salen igual de brutos. Así que ya no me junto tanto con estos amigos porque se dedican a puro tomar y fingir que son distintos y vistosos y a llorar por sus deudas, los ñatos.
Dos años trabajando acá y ya tenía mi departamentito de un ambiente, una cama dura de macho y sin quejarme, un computador de esos portátiles para conectarme a ver chiquillas lindas y un televisor con tevecable para ver el fútbol, de hartas pulgadas el aparato y bien pegado al muro, no vaya a ser que viniera un terremoto y me lo botara al suelo.
¿Y me va a creer que vino el terremoto oiga? Mi cama saltaba de una esquina a otra del departamento y yo ahí atropellado por mis propios muebles. Al televisor no le paso nada, como tenía que ser. Pero todo lo demás, todo lo que podía quebrarse, quedó hecho pedazos y yo lleno de cortes y moretones pidiéndole a Diosito que dejara de zarandearme.
No le voy a mentir, echaba de menos mi tierra, pero las brujas son cosa seria y dudé si ir en ayuda de mi gente. Al final me fui para allá un rato nomás, para asegurarme que mis viejitos estuvieran sanos y con techo. Tenían la casa por el suelo así que ahí fui y les arreglé los muros, también la luz, el gas y el agua, y viera como las brujas se me arrimaron porque me vieron tan millonario comprando tubos de cobre y placas de zinc y cemento, querían que les arreglara sus casuchas con subsidio. Les dije que mejor cambiaran el marido las brutas, mira que buscarse a unos inútiles con diploma y miedo a hacerse callos en las manos. Así que me vine nomás, arrancando de su ira bíblica, sintiendo en la nuca cómo se me acumulaban sus maleficios.
Y entonces me cayó lo del Walter. Fue una cosa que nadie me podía advertir, porque no es de esas cosas que se hacen públicas. Yo tenía una amiga bien cariñosa desde hace meses, Catalina, la conocí por el chat, algo bueno que saliera de tener computador en la casa pues. La invité una vez al cine y a comer, ahí hablamos de mil cosas y ella me dejaba hablar como si algo interesante saliera de mi boca. Y otra vez la llevé a bailar, porque pucha que es linda la Catalina, un ángel que ilumina mi pena solitaria con su sola sonrisa, más todavía con esa falda corta y sus piernas de diosa griega. La pasamos bien, la dejé en un taxi porque es de esas chicas que no les gusta que las persigan sus pretendientes. Y no supe de ella en un buen tiempo.
Obvio que no había una hora en el día en que no pensara en su belleza insoportable. Ya pensaba que me estaba enamorando cuando llegó ella de sorpresa un viernes a mi pieza, y se quedó toda la noche. Es que no le puedo explicar la felicidad mía, ese cuerpo de la Catalina a contraluz me produjo un desmayo de pura calentura. Si todavía me acuerdo y el demonio se me manifiesta.
A la mañana siguiente ella se fue sin despertarme y entonces me dio el primer ataque de Walter. Todo me parecía extraño, como que ése no era mi departamento, ni mis cosas ni mi ropa. Hasta el cuerpo me parecía raro. Pensé que me había dado una gripe por tanto sudar la noche anterior, así que me quedé acostado tomando unas tizanas y viendo tele. Igual me sentía raro y no se me quitó con nada. El domingo fue peor, algo en mi cabeza trataba de convencerme que ésta no era mi vida.
El lunes me sentí bien, algo mareado y desorientado, pero bien. Así que fui a trabajar nomás. Por un rato se me olvidó cómo encender el computador, ahí me preocupé. Pero fue un lapsus como le dicen, nada serio. Me dieron otros durante ese día y el día siguiente, aunque nada para preocuparse. El día miércoles ya estaba curado.
Pero me engañaba, porque tenía un Walter adentro. Una enfermedad venérea, ni más ni menos, ya lo sospechaba con tanta cosa rara que me pasaba justo después de pasar la noche con la Catalina. Traté de contactarla, pero no hubo caso, estaba desaparecida. Seguí mi vida con naturalidad, como hacen todos los que padecemos una de este tipo, pero no podía estar ni un rato tranquilo.
Supe por mi madre, que me dejó recado con el conserje, que una de mis hermanas andaba en la capital donde unas amigas y me entró el pánico, seguro que era para pedirme plata o seguir con sus maquinaciones por la herencia pequeña de mis padres que no tenían ni plan de morirse. Andaba por la calle sudando frío y ya era invierno, la veía en todas partes a la bruja. Casi no podía dormir imaginando que llegaba a golpear mi puerta y hacer un escándalo. Así son ellas.
En el proceso de mantenerme bien escondido, el Walter se manifestó de a poco con detalles ridículos. Quería comer papas fritas. Tenía sed de cerveza. Me dio por ver videos cochinos. Me producía mucha pena ver un perro vago, pero no a un humano vago. Quería ir al cine y no sabía si ver una romántica o una de terror. Olía el vino tinto antes de probarlo, como hacen los pitucos. Y me daba flojera tomar una ducha. Ése no soy yo, lo juro por San Expedito, si hasta para afeitarme tenía que pelear conmigo mismo.
Un día hice unos dibujos, me dieron ganas nomás y dibujé. Yo que nunca fui bueno para los monos hice una figura muy rara, perfecta al primer intento, como un círculo con alas lleno de ojitos y una cara como una máscara en el centro. La dibujé tantas veces que parecía una obsesión. Hasta que un día decidí, así nomás, que me la hicieran en un tatuaje.
Digamos que lo de los tatuajes nunca me llamó la atención, en la capital está lleno de gente tatuada, hasta señoritas con tatuaje fíjese. La Catalina tenía unos dibujos lindos de colores en la barriguita y la espalda, derrepente por eso me dieron ganas. Ella tenía otro mono sin gracia en el brazo derecho y ése no lo recordaba, le juro que se lo vi y hasta le di unos besos ahí. Pero no hubo caso, la imagen estaba borrada de mi memoria.
Me tatué. Lo hice. Me convencí que era una cosa juvenil, un ataque de rebeldía atrasada. Y duele la leserita, que Dios me perdone pero la blasfemia me salió muy natural mientras el ñato tatuador hacía su pega con la aguja pinchándome mil veces por segundo. Y cuando terminó me arrepentí al tiro. Era un mono re feo y apenas se notaba en mi piel morena. Parecía que alguien más tomó esa decisión por mí y ya era tarde para cambiar de opinión, fue como despertar casado con la prima gorda que no conoce el jabón. Una pesadilla.
Y pasaron los días poniéndome vaselina en la cicatriz entintada. Hasta que me desperté más Walter que nunca. Alguien gritó Walter en la calle y me di vuelta para contestar. Fue raro. Yo no me llamo Walter, pero se sentía como si así fuera. Rarito.
Llegué a mi casa, me miré al espejo y aunque sabía que era mi cara, se sentía como una cara nueva, un cuerpo nuevo. Me quedé largas horas mirando cada detalle, cada poro, las cicatrices de los porrazos que me pegué cuando chico en los potreros, las quemaduras de cuando se me cayó la pava con agua caliente encima de la pierna, o cuando me enterré un clavo en la planta del pie. Hasta mi masculinidad me parecía extraña, más grande. Algo bueno en todo caso.
Me sentía muy Walter. Así que me llamé por ese otro nombre al espejo y el Walter dentro de mí saludó y se sintió cómodo, como en casa.
Nos íbamos a dormir, Walter y yo, conversando en mi cabeza acerca de las cosas de la vida como hacen los locos de remate, no me importó, ya me había tatuado, debía estar chalado, la venérea me afectó el cerebro. Teníamos sueño y alguien tocó a mi puerta. Catalina, exquisita, de sólo verla se me despertó el diablito y me olvidé de todo lo demás, hasta me olvidé de preguntarle por la venérea, no le tenía ningún rencor fíjese. Ella respondió con una calentura inigualable, ay Diosito, no nos dijimos ni hola. Que exquisita es la Catalina, por ella sé que Dios existe.
En la madrugada, cuando el diablito quería replegarse de vuelta al infierno y dejarme dormir, Catalina me dijo la verdad. Ella era Walter. Un Walter, así lo dijo. No le dije nada porque estaba claro que la venérea me la pegó ella y por supuesto estaba tan loca como yo, quizá más loca aún. Así que escuché su historia muy atento.
El primer Walter fue un tipo bueno, uno como hay pocos en el mundo. Solitario, apasionado, trabajador. Pero le dio un cáncer al cerebro y murió antes de los veinticinco años, hace por lo menos cuarenta años atrás. El Walter en mí se sintió apenado al saber que estaba muerto. Viejo, nos sentimos realmente mal. Catalina nos acurrucó entre sus pechos y se acabó la pena, así de rápido. Una santa, mi Catalina.
La enfermera que sostuvo su mano en sus últimas horas, supo que el pobre era virgen y le hizo el favor para que el chico no se fuera al cielo sin conocer el paraíso. Al día siguiente, con Walter recién muerto, la pobre mujer sufrió un ataque de nervios y acabó internada en un psiquiátrico una semana después. Decía que el Walter seguía vivo, pero dentro de ella y quería apoderarse de su mente. El psiquiatra que la atendió pidió licencia una semana después, aquejado de un cuadro de estrés severo. Por supuesto que él comprendió la razón de su mal y lo asoció con esa enfermera loca con la que tuvo sexo en el turno de la noche, y a través de ella con el finado Walter.
El loquero pudo sobrellevar la carga de acarrear a otra persona dentro de sí hasta que acabaron fusionados. Eso también me va a ocurrir, en un mes quizás. Por ahora seguimos hablando de nosotros, el Walter y yo… ¿Cómo funciona la cosa? Nadie sabe y la verdad es que a nadie le interesa, sólo saben que ocurre. Saben. Mucha gente, Catalina dice que no es tanta como quisieran, pero suficiente para cambiar el destino de esta nación. Ahí me tiritó la pera.
Desde que la fusión del infectado y Walter se hace completa, la capacidad de infectar a alguien más con Walter es inevitable cuando se tiene sexo sin protección, aunque sólo en el momento del orgasmo, cuando todas las defensas del cerebro desaparecen. Hay algunos casos más de locura después de la enfermera, pero están bien cuidados. Y todos los infectados guardan una copia del Walter original cerquita del corazón. Así lo dijo Catalina y miré su corazón como un bebé hambriento.
Catalina me abrazó más fuerte y por poco no le pongo atención a lo que me dijo después. Ella me encontró usando Google y otras herramientas, vio en mí un patrón muy Walter y me contactó. Para ella y para muchos más, Walter es un premio, una solución a nuestras almas solitarias. Ahí me cayó una lágrima, porque de verdad creía que me la pasaría forever alone hasta la muerte. Catalina buscó en mí todo aquello que me haría una persona apropiada para llevar a Walter. Y lo encontró.
Como en todo en esta vida, hay reglas que seguir. Está prohibido infectar a un menor de veinticinco años, a una mujer embarazada o a un mayor de treinticinco. Las consecuencias son nefastas y no me quiso decir cómo. Se desaconseja infectar a una persona que sea diametralmente distinta a Walter. Y está absolutamente prohibido hablar de esto con alguien que no tenga Walter. Catalina pudo decírmelo entonces porque merecía saberlo. Pero después no volveríamos a hablar del tema. Si tenía algún problema de contradicción interna, podía contactarla pidiendo consejo. Pero que no me desanimara si ella no me contestaba, había otros Walter en la ciudad y cualquiera servía.
A la mañana siguiente Catalina se marchaba sin despedirse. La vi salir y por primera vez vi en su brazo derecho el tatuaje que no recordaba. Era el mismo que tenía en mi brazo. Una de esas ideas obsesivas de Walter, que siempre quiso un tatuaje y tenía su propio diseño.
Ahora cuento los días para que nos volvamos a encontrar. Sigo mi vida con total naturalidad, el Walter en mí era más citadino que yo y mucho de eso contaminó mis buenas costumbres. Un día me di de bruces con mi hermana justo en el lobby de mi edificio y la bruja intentó darme un sermón ahí frente a mucha gente que iba pasando, como cuando todavía no sabía sonarme los mocos y le hacía el amén en todo. La hice callar de un puro gruñido, mi cara bien cerquita de la suya, medio barbón como me veo ahora y le dije que si algo le ocurría a mis papitos, algo como que una de ellas se quedaba con la casa de los viejos o intentaba correrlos a un asilo, no me verían ni la sobra, sólo sentirían el olor de la pólvora. ¡O no me llamo Juan Carlos Carreño, diantres!
Era una amenaza vacía, jamás haría algo así, pero fue bien convincente porque ahí se fue la peuca haciendo pucheros. Después me enteré que me venía a retar porque no fui pal aniversario de matrimonio de los viejos nomás, pucha cai, con lo del Walter se me olvidó y metí las patas. Por lo menos ya no me tendrían por el hermanito pelele que vive en la capital y que seguro que le gustan los hombres.
Hoy fui al parque que está cerca de mi edificio, es un parque chico y siempre hay adolescentes besuqueándose o fumando droga. Entre toda la gente vi a unas chiquillas universitarias muy lindas y coquetas, rozándose sospechosamente. Soy medio huaso pero no tonto, sé lo que eso significa. Me senté con mis anteojos oscuros para que no supieran que las miraba, bien morboso. Y una de ellas tenía el tatuaje aquél, símbolo del Walter que traemos dentro. No estaba seguro si hablarle o no. Así que sólo levanté mi manga y dejé mi tatuaje a la vista.
Ya me vio. Ahí viene caminando, sonriendo, de la mano con su amiga que es preciosa… y también tiene el tatuaje. Me da un escalofrío. Las dos tienen un qué sé yo que me recuerda a Catalina. Tal vez ese Walter era un narcisista, pero no importa. Con sólo verlas se me despierta el demonio y sé con la certeza de conocerlas tan bien como a mí, que ellas también están endemoniadas.
Que Dios me las bendiga.