Alberto Muñoz se quitó la modorra, oía gritos en el exterior pero antes de salir despavorido a mirar, primero olisqueó el aire, mantuvo una mano sobre la cama para sentir si tamblaba y recién entonces se destapó. El griterío seguía, Alberto así de barbón y desnudo, con el cuerpo nudoso de ex milico inclinado por el cansancio de una semana trabajosa y aguantando el meado de toda la noche, asomó la cabeza chascona por la ventana del comedor. Afuera la vieja ridícula de al lado gritaba con los brazos extendidos hacia el cielo y cara de loca, hincada en el medio de la calle, cosa que no le causó mucha impresión. La hija de ésta parecía idiota con una teta fuera de la camiseta de dormir y cara de no tener cerebro, acarreando a su propia hija en brazos que para colmo lloraba y se esparcía los mocos con el antebrazo. Eso tampoco le produjo nada a Alberto, esa familia con su jardineo obsesivo y búsqueda del conflicto constante por temas insignificantes le tenía podrido, no tanto como para alegrarse de su desgracia, pero suficiente para no salir a prestar ayuda.
Cuando llegaran los pacos, él estaría en la botillería jugando en las máquinas, gracias a Dios es domingo, carajo.
Lo que sí le dio a Alberto un principio de asma y hasta se le escapó un chorrito de pichí, fue lo que se veía detrás de las techumbres a pocas cuadras de allí. ¿Qué chucha? La cordillera estaba cerca, muy cerca, más cerca de lo que jamás la viera incluso en esos días despejados de primavera. Y no era una cordillera, más parecía un cordón de cerros plagado de árboles muy verdes y frondosos, podía distinguir pájaros que volaban por allá o aleteaban encima de las copas. Era como un dibujo de cabro chico. Leer el resto de esta entrada »